La lógica detrás de lo que funciona
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En la XXIV Reunión Técnica de la Sociedad Argentina de Técnicos de la Caña de Azúcar (SATCA), este escenario fue abordado desde distintas perspectivas en mesas paneles que reunieron a especialistas con experiencias complementarias. Lejos de respuestas únicas, emergió una idea común: la diferencia entre los sectores que logran sostenerse y aquellos que se vuelven vulnerables no está en el recurso ni en la tecnología, sino en la forma en que se organizan.
Esta cobertura especial recupera algunos ejes de las exposiciones de Livia Ignacio, Hugo Cagno Filho, Rogério Mian y Claudia Calero para recorrer, desde distintos planos, las tensiones y transformaciones que atraviesan hoy a la agroindustria sucroenergética.
Una variable que ya está en juego
El cambio climático redefine la producción de caña de azúcar
A partir de la exposición de Livia Ignacio. Bonsucro.
El cambio climático dejó de ser un escenario futuro para convertirse en una variable activa dentro del sistema productivo de la caña de azúcar. La variabilidad en las precipitaciones, los eventos extremos y la inestabilidad en los rendimientos ya forman parte de la toma de decisiones en campo.
En regiones como Tucumán, donde las lluvias recientes impactaron directamente en la productividad, el clima dejó de ser un contexto para pasar a condicionar el funcionamiento del sistema agroindustrial. A esto se suman otros procesos en curso, como la presión sobre los recursos hídricos, la pérdida de biodiversidad y el aumento de plagas y enfermedades, que refuerzan un escenario de mayor complejidad para la producción.
Un sistema productivo bajo presión
El impacto del cambio climático sobre la caña de azúcar no se limita a una sola variable, sino que se expresa en múltiples dimensiones que afectan tanto la producción como la estabilidad del sistema. La disponibilidad de agua se vuelve cada vez más incierta, mientras que la pérdida de biodiversidad y la alteración de los equilibrios ecológicos modifican las condiciones en las que se desarrolla el cultivo.
A estos procesos se suma una mayor variabilidad en las precipitaciones, con eventos extremos que alternan entre excesos hídricos y períodos de restricción, generando efectos directos sobre los rendimientos. La alternancia entre períodos de sequía más prolongados y episodios de lluvias intensas introduce un nuevo tipo de inestabilidad, con efectos que van desde el estrés hídrico hasta daños en infraestructura y anegamientos. En este contexto, la productividad deja de depender únicamente de las prácticas de manejo y comienza a estar atravesada por condiciones climáticas más difíciles de anticipar.
El impacto también se extiende a la dinámica sanitaria del cultivo. El aumento de temperaturas y la inestabilidad ambiental favorecen la aparición y proliferación de plagas y enfermedades, lo que obliga a revisar estrategias de control y manejo. Al mismo tiempo, las condiciones de trabajo en el campo se ven afectadas por la exposición a eventos de calor extremo, con implicancias directas sobre la salud de los trabajadores.
Estas transformaciones no solo afectan la producción primaria, sino que tienen consecuencias a lo largo de toda la cadena de valor. Una caída en los rendimientos o una interrupción en la oferta pueden impactar en la disponibilidad de productos clave como el azúcar o los biocombustibles, generando tensiones entre la oferta y la demanda en un sistema que cumple funciones tanto alimentarias como energéticas.
Dos caras de una misma actividad
En este escenario, el sector sucroalcoholero se encuentra atravesado por una condición particular que lo ubica en una posición compleja dentro de la agenda climática global. Por un lado, es un actor relevante en los procesos de descarbonización; por otro, forma parte del conjunto de actividades que generan emisiones de gases de efecto invernadero.
La caña de azúcar constituye la base de una amplia gama de productos que hoy se proyectan como asociados a los procesos de descarbonización. El etanol, el biogás, el biometano y otros derivados de origen biológico se incorporan progresivamente en distintos sectores como alternativas frente a combustibles y materiales de origen fósil. En los últimos años, su participación en mercados emergentes —como el de los combustibles sostenibles para aviación o el transporte marítimo— refuerza ese rol estratégico en la transición energética.
Al mismo tiempo, la actividad sucroalcoholera tiene una huella de carbono propia. Las emisiones asociadas al sector alcanzan aproximadamente 400 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente por año a nivel global. Estas emisiones no se distribuyen de manera homogénea a lo largo de la cadena, sino que presentan una fuerte concentración en la fase agrícola, que explica alrededor del 77 % del total. La etapa industrial, por su parte, representa el porcentaje restante.
Esta configuración plantea una tensión que no es exclusiva de la caña de azúcar, pero que adquiere en este caso una visibilidad particular. La misma actividad que aporta soluciones para reducir las emisiones en otros sectores es, simultáneamente, parte del sistema que debe transformarse. En ese cruce entre oportunidad y responsabilidad se define gran parte de los desafíos actuales del sector.
Medir para poder intervenir
Frente a este escenario, la gestión del cambio climático dentro del sector no puede apoyarse únicamente en diagnósticos generales. La posibilidad de intervenir de manera efectiva depende, en primer lugar, de la capacidad de medir. Sin una cuantificación de las emisiones y de sus fuentes, resulta difícil identificar dónde se generan los mayores impactos y, por lo tanto, dónde existen oportunidades concretas de mejora.
En este punto, uno de los desafíos ha sido traducir marcos metodológicos desarrollados a escala global a la realidad específica del sector sucroalcoholero. Las herramientas disponibles en el campo de la medición de emisiones —basadas en metodologías como la evaluación de ciclo de vida o los estándares internacionales de reporte de gases de efecto invernadero— no siempre resultan directamente aplicables a las particularidades productivas de la caña de azúcar. Esto ha requerido un proceso de adaptación que permita llevar esos criterios generales a indicadores concretos, comprensibles y utilizables en la práctica.
La medición no se limita a obtener un valor agregado de emisiones, sino que implica desagregar el sistema para comprender su funcionamiento. Identificar si las emisiones se concentran en el uso de combustibles, en la fertilización, en el manejo del suelo o en otras etapas del proceso productivo permite orientar las decisiones y priorizar intervenciones. En este sentido, el análisis de la huella de carbono se convierte en una herramienta de diagnóstico que hace visible aquello que, de otro modo, permanece disperso dentro del sistema.
A partir de esa información, es posible establecer referencias y parámetros que funcionen como guía. La definición de umbrales de emisión, tanto en la fase agrícola como en la industrial, permite comparar desempeños y evaluar en qué medida una operación se encuentra alineada con prácticas consideradas más sostenibles. Estos valores no operan como objetivos abstractos, sino como puntos de referencia que orientan procesos de mejora continua.
En este marco, la medición adquiere un doble carácter. Por un lado, constituye el punto de partida para cualquier estrategia de mitigación, ya que permite conocer la magnitud y la distribución de las emisiones. Por otro, habilita la construcción de metas de reducción que puedan ser seguidas en el tiempo. La posibilidad de proyectar trayectorias de disminución de emisiones, en línea con los objetivos globales de descarbonización, depende directamente de la existencia de datos confiables y comparables.
De este modo, la gestión del cambio climático en el sector se organiza a partir de una lógica que va de la medición a la acción. La construcción de información, su análisis y su utilización como base para la toma de decisiones configuran un proceso que permite pasar de un escenario de diagnóstico general a uno de intervención concreta.
De la reacción a la gestión
El cambio climático ya no se plantea como una posibilidad futura, sino como una condición con la que el sector debe operar en el presente. En ese contexto, la diferencia no está únicamente en la magnitud de los eventos que afectan la producción, sino en la capacidad de anticiparlos, medirlos y gestionarlos.
Las herramientas existen y comienzan a ser parte del lenguaje operativo del sector. Sin embargo, su impacto depende de cómo se integren en los procesos de decisión y en las prácticas concretas de producción. La reducción de emisiones y el fortalecimiento de la resiliencia frente a escenarios más variables no se resuelven en un único plano, sino en la articulación entre información, manejo y estrategia.
El desafío, entonces, no radica solo en responder a los efectos del cambio climático, sino en incorporar esa dimensión como un componente estructural del sistema productivo. En ese pasaje, de la reacción a la gestión, se define gran parte del futuro de la caña de azúcar.








