Cuando la lluvia deja de ser lluvia
Compartir
Desde Brasil, el doctor Marcelo Enrique Seluchi, argentino y especialista en ciencias de la atmósfera con casi tres décadas de trabajo en ese país, integra el equipo del Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales (CEMADEN), en el área de operaciones y modelización. En esta conversación, explica cómo se construyen las lluvias extremas en Sudamérica y qué variables permiten pasar del pronóstico al alerta.
En contextos de lluvias persistentes, cuando los suelos ya no absorben y los ríos empiezan a responder, la pregunta deja de ser cuánto va a llover y pasa a ser otra: cuándo esa lluvia se transforma en desastre.
Desde los sistemas de monitoreo, esa transición no es evidente ni automática. Supone leer la atmósfera en distintas escalas y entender que no todas las regiones responden igual frente a un mismo evento.
– ¿Cuáles son las configuraciones de gran escala más frecuentes detrás de lluvias extremas en Sudamérica y cómo se canaliza la humedad hacia la zona afectada?
Hablar de Sudamérica es hablar de varios mundos distintos. No hay un único régimen de lluvias. La Patagonia, por ejemplo, funciona de una manera completamente diferente a la región subtropical, que sería desde la provincia de Buenos Aires hasta Paraguay, incluyendo Tucumán, y a su vez eso es distinto de las zonas tropicales y ecuatoriales.
Todo está muy condicionado por la Cordillera de los Andes. El clima sería completamente distinto si no estuviera la cordillera.
En el sur del continente predominan los vientos del oeste. Vienen del Pacífico, descargan la humedad en Chile y pasan secos hacia la Patagonia. Por eso tenés regiones con menos de 200 milímetros de lluvia al año.
Si uno sube hacia el centro del país, Mendoza, San Juan, sigue siendo seco, todavía bajo el efecto de la cordillera. La humedad del Atlántico no logra llegar. La Sierra de Córdoba también marca una diferencia muy fuerte: al este es más húmedo, al oeste mucho más seco.
Ahora, en la región centro-norte de Argentina aparece un mecanismo muy importante. Se forma una baja presión en la zona del Chaco boliviano-paraguayo, que se conoce como Baja del Chaco, y otra en el noroeste argentino. Eso genera un canal de viento norte que transporta humedad desde Brasil.
Cuando ese flujo se mantiene durante varios días, va acumulando calor y humedad. Y cuando después entra un frente frío desde el sur, ese contraste es uno de los principales mecanismos que generan lluvias en esa región.
Más al norte, en zonas tropicales, la dinámica es otra. Ahí la estación lluviosa está asociada al calor y la humedad, con tormentas frecuentes, muchas veces diarias. Y en la zona ecuatorial aparece la convergencia intertropical, una banda de nubes que se desplaza con las estaciones y define períodos de lluvia y de sequía.
Todo esto, además, está modulado por fenómenos como El Niño y La Niña. En años Niño, los frentes tienden a estacionarse más en la Cuenca del Plata, y eso favorece lluvias persistentes durante varios días, muchas veces con inundaciones. En años Niña, esos frentes se desplazan más rápido y la región puede resultar más seca.
Cuando la tormenta deja de ser «una tormenta»
– ¿Qué indicadores permiten distinguir entre una tormenta intensa y un escenario de acumulación peligrosa por persistencia de horas o días?
Tiene que ver con lo que hablábamos antes. No es solo la tormenta en sí, sino lo que pasa en la atmósfera en los días previos.
Por ejemplo, si tenés varios días con viento norte sobre la zona central de Argentina, eso va acumulando calor y humedad. La atmósfera se va “cargando”. Y si después entra un frente frío intenso, ese contraste de temperatura genera condiciones para tormentas más fuertes.
Ahí entran lo que nosotros llamamos índices de inestabilidad, que básicamente describen cómo es el perfil vertical de la atmósfera: cómo cambian con la altura la temperatura, la humedad y el viento.
Si tenés aire muy cálido y húmedo cerca de la superficie y aire más frío en altura, eso favorece el desarrollo de tormentas. Y dependiendo de cómo el viento cambia con la altura, esas tormentas pueden organizarse y volverse más severas.
Cuando hablamos de severidad, estamos hablando de fenómenos como ráfagas fuertes, granizo, tormentas más organizadas.
Pero eso es la intensidad. Otra cosa distinta es la acumulación.
Porque una lluvia muy intensa en poco tiempo puede generar problemas puntuales, pero muchas veces el escenario más peligroso es otro: varios días seguidos con aporte constante de humedad, con lluvias que no necesariamente son extremas en cada momento, pero que van saturando el suelo.
Y en ese punto, cuando el sistema ya viene cargado, cualquier evento adicional —una tormenta más intensa, por ejemplo— puede desencadenar el problema.
En esta región, además, hay una particularidad: el sur de Brasil, el nordeste argentino y Paraguay forman una de las zonas con mayor frecuencia de tormentas severas del mundo. Eso hace que estos procesos sean relativamente frecuentes y que la combinación entre intensidad y acumulación sea especialmente crítica.
El momento de decidir: cuándo alertar.
– ¿Cómo pasan del diagnóstico a una alerta operativa? ¿Qué umbrales consideran y cómo equilibran el riesgo de falsa alarma frente al de no alertar a tiempo?
No es fácil decidir enviar una alerta. Nosotros trabajamos principalmente con dos tipos de fenómenos que son los que generan los peores impactos: las inundaciones y los deslizamientos de tierra.
En el caso de las inundaciones, puede ser algo asociado a un río o puede ser una inundación urbana. Por ejemplo, cuando llueve más de lo que una ciudad puede drenar, el agua se acumula y ahí aparece el problema. Eso puede pasar muy rápido y es difícil de anticipar.
En los deslizamientos de tierra, el riesgo tiene que ver con la inestabilidad del suelo. Son fenómenos muy críticos, porque muchas veces ocurren de manera repentina y con consecuencias graves.
Para trabajar con estos escenarios usamos lo que llamamos umbrales críticos, que se definen a partir de datos históricos. Cada región tiene los suyos.
Simplificando, puede haber situaciones donde, si se acumulan determinados milímetros de lluvia en cierto período, se alcanza un nivel de riesgo. Pero el punto no es solo ese valor.
La clave es mirar al mismo tiempo tres cosas: lo que ya llovió, lo que está lloviendo y lo que puede llover. Eso implica trabajar con una red de observación muy amplia: pluviómetros, radares, estimaciones satelitales, estaciones hidrológicas que miden niveles de ríos.
En el caso de los ríos, por ejemplo, es fundamental observar lo que pasa en las cabeceras. Puede que el nivel todavía no haya alcanzado el umbral de alerta, pero si sigue lloviendo aguas arriba, ese es el momento de alertar antes de que el río desborde.
Hay ríos que responden lentamente y permiten anticipar con más tiempo. Pero también hay situaciones, sobre todo en zonas montañosas, donde el desborde puede ocurrir en minutos. En esos casos no se puede esperar a que el dato se registre: hay que anticipar la lluvia con radar o satélite.
Después está la cuestión de las falsas alarmas.
Siempre es mejor una falsa alarma que una sorpresa. Pero igual es algo que evaluamos todo el tiempo. Analizamos cada alerta, vemos si el fenómeno ocurrió, trabajamos con la defensa civil para ajustar los criterios.
Las alertas tienen niveles. Un nivel amarillo indica que el fenómeno es posible. El nivel naranja indica que es probable, y eso ya activa planes de contingencia. Y el nivel rojo implica un riesgo muy alto, donde pueden ser necesarias evacuaciones.
El tiempo: qué se puede prever y qué no.
– En términos operativos, ¿qué tan confiables son estas señales a 5–7 días, 2–3 días y 0–24 horas? ¿Qué herramientas pesan más en cada ventana?
Depende mucho del tipo de fenómeno. Hay casos donde la anticipación es relativamente sencilla. Por ejemplo, en la cuenca amazónica, las inundaciones están asociadas a lluvias que ocurren en zonas muy extensas, como Colombia o Perú, y el río tarda mucho en responder. Entonces uno puede seguir la onda de crecida y anticipar una inundación con semanas de antelación.
Se puede decir con bastante anticipación que una ciudad va a tener inundaciones. Lo que no siempre se puede definir tan temprano es la magnitud exacta.
En el otro extremo están los eventos de respuesta muy rápida. Por ejemplo, ríos en zonas montañosas que pueden desbordarse en minutos o deslizamientos de tierra que ocurren prácticamente sin aviso. En esos casos, la capacidad de anticipación es muy limitada.
Entre esos dos extremos hay una amplia gama de situaciones intermedias. En algunos eventos importantes se puede alertar con tres, cuatro o incluso seis días de anticipación.
En cuanto a las herramientas, en plazos de varios días se utilizan modelos meteorológicos de distintas escalas: sinóptica, mesoescala, incluso pronósticos subestacionales.
Pero en el muy corto plazo cambia completamente el tipo de información. Para lluvias más locales o fenómenos rápidos, se trabaja con radar, satélite, datos de descargas eléctricas y observaciones en superficie.
También se integran modelos hidrológicos y sistemas que combinan información meteorológica con condiciones del terreno para estimar probabilidades de deslizamientos en los días siguientes.
De todos modos, siempre hay una componente de incertidumbre. Por eso es necesario tener equipos trabajando de manera permanente, evaluando la información en tiempo real.
Cuando la lluvia se convierte en riesgo.
– ¿Cómo incorporan las condiciones previas —suelo saturado, nivel de ríos, urbanización— para pasar de “lluvia intensa” a “riesgo de impacto”?
Un alerta no es un pronóstico de lluvia. Es un diagnóstico de riesgo.
Incluso puede pasar que el alerta se emita cuando ya está lloviendo. Porque lo que importa no es solo la lluvia en sí, sino qué puede generar esa lluvia en un determinado contexto.
Ahí entran los umbrales críticos y, sobre todo, las condiciones previas. No es lo mismo una lluvia intensa con un río bajo que con un río que ya viene alto. No es lo mismo un suelo seco que un suelo saturado. Tampoco es lo mismo si estamos al inicio o al final de la estación lluviosa. Todo eso cambia completamente la respuesta del sistema.
También influye el tipo de lluvia. Puede ser una lluvia convectiva, muy intensa y concentrada en poco tiempo, o una lluvia más continua, de menor intensidad pero sostenida durante varios días.
Muchas veces, el escenario más crítico no es una tormenta extrema aislada, sino una secuencia: varios días de lluvia continua que van saturando el suelo y, después, un evento más intenso que termina de desestabilizar el sistema.
Ahí es cuando se producen, por ejemplo, los deslizamientos de tierra.
Por eso es tan importante mirar el pasado cercano. No alcanza con el pronóstico: hay que entender en qué condiciones está el sistema antes de que ocurra el evento.








