Revista Avance
Revista Avance

Del Reino Fungi a los micomateriales

Una experiencia tucumana con bagazo de caña

Compartir

En un mundo que busca alternativas frente a los residuos y los materiales contaminantes, los hongos empiezan a mostrar un potencial inesperado. Desde la prospectiva del Laboratorio de Aceleración del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hasta una experiencia escolar tucumana con bagazo de caña, los micomateriales abren una pregunta poderosa: ¿qué puede crecer allí donde antes solo veíamos descarte?

 

Los hongos empiezan a ocupar un lugar nuevo en las conversaciones sobre ambiente, producción y futuro. Su capacidad para degradar, transformar y aglutinar materiales los convierte en una pista concreta frente a problemas actuales como los residuos difíciles de gestionar, los materiales contaminantes y la búsqueda de nuevas formas de producir.

Desde la prospectiva, esas señales permiten leer transformaciones en marcha en campos como la biorremediación, los biomateriales, la alimentación, la salud y el diseño. Desde la educación técnica, esas mismas preguntas pueden tomar forma en experiencias escolares donde los estudiantes observan su entorno y ensayan soluciones posibles con los recursos de su territorio.

En ese cruce, aparece por una lado la mirada de Eugenia López desde el Laboratorio de Aceleración del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Argentina, quien analiza qué están mostrando hoy los hongos como señal de futuro; por otro, una experiencia tucumana en la Escuela Técnica N.º 2 de Lomas de Tafí, donde un grupo de estudiantes trabaja con bagazo de caña de azúcar para cultivar micomateriales; y, finalmente, la mirada institucional de Ana Cecilia García Salemi, directora de Educación Técnica y Formación Profesional del Ministerio de Educación de la provincia, quien sitúa estos proyectos en el marco de la educación técnica, la comunidad y el territorio.

 

  1. Señales fúngicas
Lic. Eugenia López, Máster en neurociencia y educación
Directora de Exploración del Laboratorio de Aceleración del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Argentina | Estratega en Innovación y Transformación Digital | Especialista en Comportamiento y Prospectiva.
Soluciones para problemas concretos

Las señales fúngicas que estamos observando muestran que los hongos ya están dando pistas y soluciones para problemas concretos, especialmente en todo lo vinculado con la contaminación. Así como los hongos pueden degradar la madera gracias a sus enzimas, también pueden utilizarse para degradar otras sustancias y materiales, como petróleo, plásticos o incluso colillas de cigarrillo.

Ese es un campo que está siendo muy investigado y que ya cuenta con distintas aplicaciones. Pero hay otra cara muy interesante: la utilización del micelio como biomaterial. El micelio de ciertas especies de hongos puede funcionar como aglutinante de residuos orgánicos. Por ejemplo, puede crecer sobre residuos de la industria del girasol, como la cáscara de la semilla, conectar esa red de fibras y formar un material compacto.

A partir de ese proceso se están desarrollando biomateriales fácilmente compostables, con múltiples usos posibles: desde ladrillos para la construcción hasta materiales de embalaje similares al telgopor. Esto es muy importante porque el telgopor contamina mucho y no es biodegradable. Entonces, los biomateriales fúngicos podrían funcionar como una alternativa posible.

Pero lo que vemos no es solo que estas señales ofrecen soluciones concretas para problemas urgentes. También proponen otra lógica de conexión con la naturaleza. Muchas de las personas que trabajan en biomateriales y biorremediación plantean formas de producción más sustentables y más circulares desde el inicio. Quizás no necesitamos consumir tantas cosas como producimos. Quizás también podemos imaginar otras lógicas de producción y de consumo.

Un reino antiguo que vuelve a ser visible

Creo que el Reino Fungi está viviendo un resurgimiento desde hace algunos años y que ahora se le está empezando a prestar más atención. Esto tiene que ver con la búsqueda de nuevas alternativas frente a problemas ambientales, productivos y sociales cada vez más urgentes. Muchas de esas respuestas quizás siempre estuvieron ahí, pero durante mucho tiempo pasaron inadvertidas.

Parte de esa invisibilidad tiene que ver con la propia naturaleza de los hongos. Muchas veces están bajo tierra, dentro del sustrato o en la madera. Tienen una vida externa breve. A veces vemos solo el cuerpo fructífero, mientras que buena parte de su actividad ocurre de manera oculta.

También creo que influyó la historia de la micología como disciplina y el modo en que nombramos el mundo vivo. Recién ahora se está empezando a hablar con más fuerza de flora, fauna y funga. Eso es muy importante, porque lo que no nombramos no existe en la conversación pública.

Por eso también es clave el trabajo de comunicadores, investigadores y divulgadores que están tratando de dar visibilidad a este reino que estuvo oculto durante mucho tiempo. Gracias a ese trabajo, los hongos empiezan a aparecer cada vez más en documentales, libros, investigaciones, proyectos de innovación y experiencias de diseño. Siempre estuvieron en la cultura, de alguna manera, aunque muchas veces asociados a lo desconocido, lo fantástico o lo misterioso. Hoy empiezan a aparecer también como una respuesta posible frente a problemas muy concretos del presente.

Alimentación, salud, materiales y ciencia ciudadana

Los hongos están transformando muchos campos. En el plano ambiental, ofrecen alternativas para la biorremediación, porque pueden degradar contaminantes como petróleo, plásticos o colillas de cigarrillo. En el campo de los materiales, el micelio permite desarrollar biomateriales compostables, con aplicaciones posibles en construcción, embalajes y diseño.

También nos están indicando cambios en la alimentación. Podríamos tener una alimentación mucho más basada en hongos que la actual, especialmente en Argentina, donde consumimos un promedio muy bajo en comparación con otros países. Hay un potencial enorme, porque existen muchos hongos silvestres comestibles en el país, nutritivos y ricos, y porque además pueden cultivarse en poco espacio.

Los hongos también podrían funcionar como un reemplazo parcial de la carne vacuna, que sabemos que tiene una huella de carbono alta. Y, además, se están desarrollando nuevos alimentos a base de hongos, lo que abre otras posibilidades para pensar la producción alimentaria del futuro.

En salud también hay muchas investigaciones en curso. Se estudian distintos usos terapéuticos de los hongos y se evalúan principios activos presentes en algunas especies. Por ejemplo, el hongo melena de león tiene componentes que podrían ser beneficiosos para el sistema inmune y también para funciones cognitivas. Además, hay investigaciones promisorias sobre el uso de hongos psicodélicos y de la psilocibina como principio activo en salud mental, especialmente en depresión, ansiedad, estrés postraumático y adicciones.

También hay algo muy interesante que está pasando alrededor del Reino Fungi: la ciencia ciudadana y la investigación fuera de la academia. Hay personas que montan laboratorios en sus casas, descubren especies, se reúnen, comparten conocimientos y construyen redes de intercambio. Esa generosidad, esa predisposición a compartir, descubrir y encontrarse, también es una señal muy valiosa.

Micofabricación y nuevas formas de producir

La micofabricación tiene muchísimo potencial. No se trata solo de explorar las propiedades de nuevos materiales, sino también de pensar qué nos pasa como personas cuando entramos en contacto con ellos. Estos desarrollos nos invitan a revisar cómo producimos, cómo usamos y cómo descartamos objetos.

El micelio permite producir materiales a partir de residuos orgánicos. Al crecer sobre esos residuos, el hongo forma una red que los aglutina y permite obtener materiales compostables, con aplicaciones en construcción, embalajes y diseño. Esta lógica permite imaginar formas de producción más circulares, en las que aquello que antes se consideraba descarte puede transformarse en materia prima para nuevos objetos.

Pero el potencial no está solo en el material final. También está en la lógica que estos procesos proponen: producir de manera más sustentable desde el inicio, revisar si realmente necesitamos consumir tantas cosas como producimos y pensar modelos menos lineales de extracción, uso y descarte.

Lo que más me sorprendió al investigar estos temas fue la generosidad con la que muchas personas comparten conocimiento. En torno a los biomateriales fúngicos aparecen prácticas de colaboración, apertura, intercambio y encuentro. No sé si eso pasa en todos los ámbitos, pero en este campo ocurre con mucha fuerza. Y eso también nos permite imaginar otras maneras de trabajar y de generar conocimiento.

2. Un ejemplo tucumano: cultivar materiales con residuos de caña de azúcar
Prof. Jorge Perera
Alumnas: Josefina Santana, Amira Jorge, Rocío Carrizo y Emilse Silva Rodríguez

En la Escuela Técnica N.º 2 de Lomas de Tafí, un grupo de estudiantes de sexto año encontró en los hongos una forma distinta de mirar un problema cotidiano: qué hacemos con los materiales que usamos una vez y descartamos. La pregunta apareció dentro del espacio curricular “Proyecto en Ciencias Naturales”, donde las alumnas trabajan a partir de problemas de la provincia y ensayan posibles respuestas desde la escuela.

Al comienzo, la inquietud estaba puesta en la contaminación del agua. Pero, en el recorrido de búsqueda, apareció otra posibilidad: explorar el uso de hongos y residuos vegetales para desarrollar micomateriales, es decir, materiales formados a partir del crecimiento del micelio —la red vegetativa del hongo— sobre un sustrato orgánico. El objetivo inicial fue comprender el procedimiento y avanzar hacia prototipos que pudieran funcionar como alternativa biodegradable a materiales de descarte, especialmente el poliestireno expandido o “telgopor”.

La elección no fue casual. En la vida diaria de la escuela, las estudiantes reconocieron un problema visible: envases, envoltorios, cajas de jugo y plásticos generados por el consumo cotidiano. Esa observación se conectó con una preocupación más amplia: el impacto ambiental de los plásticos y, en particular, del poliestireno expandido, un material liviano y útil, pero difícil de reciclar y costoso de gestionar una vez que cumple su vida útil.

Frente a ese escenario, el proyecto propone una vía experimental: usar bagazo de caña de azúcar como base para cultivar el micelio. El bagazo, abundante en Tucumán por la actividad azucarera, funciona como sustrato porque aporta fibras y nutrientes que permiten el desarrollo del hongo. A esa mezcla se suman agua y otros componentes orgánicos, como yerba mate o café, además de tiza molida para aportar minerales.

El proceso exige paciencia, precisión y mucho trabajo de laboratorio. Primero, el bagazo se tamiza para obtener una textura más fina. Luego se mezcla con agua y otros residuos orgánicos. Esa preparación se coloca en frascos previamente sanitizados y se esteriliza en autoclave para reducir el riesgo de contaminación. Recién después llega la siembra del hongo, realizada en cabina y con cuidados propios del trabajo microbiológico: guantes, barbijo, delantal, pelo recogido y material previamente desinfectado.

El hongo utilizado principalmente fue Ganoderma lucidum, una especie que las alumnas debieron conseguir fuera de la provincia, ya que no contaban con proveedores locales. También probaron con Trametes versicolor, aunque con resultados menos favorables. Esa dependencia de cepas externas abrió una nueva línea de aprendizaje: la necesidad de producir y multiplicar el hongo en la propia escuela para no depender de terceros.

Una vez sembrados, los frascos pasan a estufa de cultivo. Allí permanecen entre 25 y 35 días, hasta que el micelio coloniza buena parte del sustrato. Cuando el material alcanza ese punto, se retira, se seleccionan las porciones en mejores condiciones y se pasa a moldes. Las alumnas ensayaron distintas formas: platos, pequeñas macetas, recipientes y piezas de embalaje. Finalmente, el crecimiento se detiene con calor, mediante un secado a alta temperatura.

El resultado es un biomaterial liviano, de apariencia natural, que puede tomar distintas formas y que, una vez descartado, tiene potencial para degradarse sin generar el mismo impacto que los plásticos convencionales. Todavía no se trata de un producto terminado ni de una solución lista para salir al mercado. Es, sobre todo, una experiencia de indagación aplicada: una búsqueda escolar que combina microbiología, ambiente, economía circular y aprovechamiento de residuos agroindustriales.

El camino, sin embargo, no fue lineal. La contaminación fue el principal obstáculo. Algunas muestras se arruinaron por fallas en la esterilización, otras por problemas en la ventilación de los frascos o por la calidad de las cepas adquiridas. Las alumnas probaron, descartaron, corrigieron y volvieron a empezar. El aprendizaje no estuvo solo en el resultado, sino en ese proceso: entender que trabajar con organismos vivos implica tiempos largos, margen de error y capacidad de observación.

El proyecto forma parte de una línea que la escuela viene desarrollando desde hace varios años. Según el docente que acompaña la experiencia, todo comenzó con el cultivo de gírgolas y fue derivando, con el tiempo, hacia los micomateriales. Cada grupo deja preguntas, pruebas y procedimientos que pueden ser retomados por quienes vienen después. Esa continuidad le da al trabajo un valor particular: no es una experiencia aislada, sino una línea escolar en construcción.

En ese punto, Mico Envases funciona como algo más que un prototipo. Es una forma de mostrar cómo una escuela secundaria puede mirar su territorio, reconocer un residuo propio de la agroindustria tucumana y convertirlo en punto de partida para explorar materiales del futuro.

3. Escuela técnica y comunidad
Ing. Ana Cecilia García Salemi
Directora de Educación Técnica y Formación Profesional
Ministerio de Educación de Tucumán

¿Qué lugar ocupan la comunidad y el territorio en los proyectos de investigación que se desarrollan en la escuela secundaria?

La Dirección de Educación Técnica y Formación Profesional del Ministerio de Educación cuenta actualmente con 23 escuelas técnicas y 15 escuelas agrotécnicas, con diversas orientaciones. En el caso de las agrotécnicas, la titulación principal es la de técnico en Producción Agropecuaria y, en menor medida, técnico en Mecanización Agropecuaria. En las escuelas técnicas, las titulaciones abarcan especialidades como Electrónica, Electromecánica, Mecánica del Automotor, Textil, Informática y Química, entre otras.

Dentro de esas orientaciones, muchas escuelas desarrollan proyectos que permiten acercar a los estudiantes a procesos de investigación a través de propuestas que luego se presentan, por ejemplo, en ferias de ciencias. Lo que los chicos eligen como proyecto, siempre acompañados por sus docentes, tiene un valor especial porque muchas de estas experiencias, conocidas como Aprendizaje Basado en Proyectos, surgen para resolver una problemática concreta de la comunidad.

La comunidad y el territorio ocupan, entonces, un lugar central. Sin embargo, todavía no puede decirse que el camino de la investigación en las escuelas esté completamente aceitado. Es un proceso que se está fortaleciendo, sobre todo a partir de convenios y acuerdos con instituciones como el INTA, CREA, el CIAZT y la EEAOC, entre otras. Estos vínculos permiten acompañar mejor a los estudiantes y abrir nuevas posibilidades de trabajo conjunto con organismos de investigación y desarrollo.

La importancia de estos proyectos radica, precisamente, en que intentan resolver problemas de la comunidad. Hay escuelas técnicas que desarrollan prototipos ambientales, como dispositivos para la detección de contaminación ambiental. Otras trabajan en la fabricación de materiales a partir de hongos, como los micomateriales. También hay escuelas que ceden sus espacios a instituciones para que puedan llevar adelante ensayos de cultivo, mientras los estudiantes aprenden a realizar monitoreos de plagas, ensayos de rendimiento, análisis comparativos y otras prácticas vinculadas con el trabajo técnico y productivo.

 

¿Por qué es importante que estas experiencias no queden solo dentro del aula, sino que puedan circular, compartirse y ser conocidas por otras escuelas, familias, instituciones y sectores productivos?

Es importante porque muestran el enorme trabajo que realizan las escuelas técnicas y agrotécnicas, y porque permiten que otras escuelas, familias, instituciones y sectores productivos conozcan lo que los estudiantes son capaces de hacer. Difundir estos proyectos ayuda a visibilizar procesos de aprendizaje que no se limitan a la formación escolar, sino que también generan respuestas concretas frente a problemas de la comunidad.

Vincular a las escuelas técnicas y agrotécnicas con empresas e instituciones también les da a los estudiantes herramientas concretas para imaginar su futuro escenario laboral. Les permite reconocer alternativas al momento de egresar, conocer otros ámbitos de trabajo y entrar en contacto con instituciones, agencias o empresas que podrían acompañar sus proyectos.

Hay proyectos de escuelas técnicas que han sido premiados y que se destacan por su aporte inclusivo, especialmente en relación con estudiantes y personas con discapacidad. La Escuela Técnica de Río Seco, por ejemplo, desarrolló un dispositivo llamado QUALS, pensado para facilitar la comunicación de personas sordas. En Tafí Viejo y en Río Seco también se realizaron bastones sonoros y bastones con sensores de humedad para personas ciegas. La Escuela Técnica de Trancas, por su parte, desarrolló vinchas para personas no videntes.

En algunos casos, una institución, una agencia o una empresa puede interesarse en apoyar esos prototipos que nacen en la escuela y que, muchas veces, son desarrollados por estudiantes con recursos limitados pero con gran compromiso. Por eso resulta fundamental acompañar y difundir lo que hacen las escuelas: porque allí no solo se forman técnicos, sino también jóvenes capaces de mirar su territorio, identificar problemas reales y ensayar soluciones posibles junto con la comunidad.

Leer también

Diseño y desarrollo Impulsado por JD Producciones