Desde esa práctica cotidiana, el trabajo de Nicolás Carabajal —ingeniero agrónomo e investigador en maíz de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres— pone en valor una forma de investigar orientada a decidir mejor cuando cada campaña vuelve a ser distinta.
La incertidumbre como compañera de viaje
Por Nicolás Carabajal
En maíz, una decisión tomada a tiempo te puede definir toda la campaña. No es solo elegir un híbrido o una tecnología, es entender cuándo sembrar, en qué condiciones y con qué riesgos. En el norte argentino, donde el clima manda y cada año es distinto, esas decisiones no salen de una receta ni de un manual.
Yo trabajo con esa incertidumbre todo el tiempo. Cada campaña es distinta y eso obliga a pensar el cultivo en función de lo que está pasando en el territorio: la lluvia que llega o no llega, el calor, el momento en que el cultivo atraviesa su período más sensible. Ahí es donde una decisión puede cambiar todo.
Por eso, cuando hablamos de investigar en maíz, no hablamos de algo aislado del campo. Investigamos para generar información que nos ayude a decidir mejor en condiciones reales. Lo que hacemos tiene sentido solo si sirve para interpretar lo que pasa en los lotes y para responder preguntas concretas que se hace el productor campaña tras campaña.
Leer el maíz en escala territorial
Una parte central de mi trabajo es mirar el maíz tal como se cultiva en la región. Por eso trabajamos con una red de híbridos comerciales distribuida en distintas localidades del NOA. Ahí evaluamos materiales que están en el mercado, los mismos que después llegan al productor.
La idea no es probar híbridos en un solo ambiente ni buscar un ganador aislado, sino entender cómo responden en distintos contextos. El maíz no se comporta igual en todos lados, y esa variabilidad es parte del sistema productivo. Trabajar en red permite leer esas diferencias y construir una mirada regional del cultivo.
Ese tipo de ensayos nos obliga a salir del lote único y a pensar en escala. Lo que buscamos es información que sea comparable y útil, que ayude a tomar decisiones sabiendo que no todos los campos son iguales y que el territorio pesa tanto como el material genético.
En maíz, muchas veces la diferencia no está en lo que se hace, sino en cuándo se hace. Por eso una parte importante de nuestro trabajo son los ensayos de fecha de siembra. Sembrar temprano, en fecha convencional o más tarde no es una decisión neutra: cambia el momento en que el cultivo atraviesa su período crítico.
El período crítico del maíz es el momento donde el cultivo es más sensible. Es una ventana relativamente corta, alrededor de la floración, pero ahí se define gran parte del rendimiento. Si en ese momento faltó agua o hubo estrés térmico, el impacto es directo, no es lo mismo que eso pase antes o después.
Con los ensayos de fecha de siembra lo que buscamos es mover ese período crítico dentro de la campaña y ver qué pasa. Al cambiar la fecha, cambia el momento en que el cultivo se enfrenta a las condiciones ambientales. Y eso, en el norte, es clave.
En una misma campaña podés ver diferencias muy grandes entre fechas. Con el mismo híbrido y el mismo manejo, una fecha puede terminar rindiendo muy mal y otra ser claramente rentable. Eso no se explica desde afuera: se entiende siguiendo el cultivo durante todo el ciclo y viendo qué le pasó cuando más lo necesitaba.
Estos ensayos sirven para ponerle contexto a decisiones que el productor toma todos los años. No dicen “hay que sembrar así”, pero ayudan a entender qué riesgos se asumen cuando se adelanta o se atrasa una fecha y por qué, en determinados años, una decisión puede marcar toda la campaña.
En los últimos años, la presión de plagas —como la chicharrita— se incorporó a ese escenario de decisiones, sin reemplazarlo, pero complejizándolo.
Además de las fechas de siembra, hay otra pregunta que aparece todo el tiempo en maíz: cuánto del potencial del cultivo se está aprovechando realmente. De ahí surge el ensayo de brecha. La idea es simple: partir de un manejo básico y, a partir de ahí, ir incorporando distintas prácticas para ver qué aporta cada una y en qué condiciones lo hace.
En el ensayo usamos el mismo híbrido, la misma fecha de siembra y el mismo ambiente. Lo que cambia es el manejo. Empezamos con lo mínimo y después vamos sumando tecnologías: fertilización, arrancadores, aplicaciones fraccionadas, fertilización foliar, fungicidas. Cada tratamiento se compara con el anterior para poder medir qué suma y cuánto.
Lo importante para mí es que todas esas alternativas se prueben juntas, en el mismo lugar y en la misma campaña. Así, las diferencias que aparecen se pueden atribuir a las decisiones de manejo. Eso permite poner números a cosas que muchas veces se hacen por costumbre o por intuición.
El ensayo de brecha no busca mostrar el manejo ideal, sino ayudar a entender qué prácticas tienen impacto real y cuáles no, según el año. Hay campañas en las que una tecnología suma y otras en las que no cambia nada. Por eso es un ensayo que tiene sentido hacerlo todos los años y leerlo en contexto.
Para el productor, estos resultados sirven como referencia. Cada uno puede verse reflejado en alguno de los tratamientos y preguntarse qué pasaría si ajusta algo más o si decide no hacerlo. En ese sentido, el ensayo no da recetas, pero sí herramientas para decidir con más información.
Investigar con los pies en el campo
Todo este trabajo no se hace desde un escritorio. Investigar en maíz, para mí, es estar mucho en el campo, seguir los ensayos durante toda la campaña y ver cómo responde el cultivo en cada momento. Hay mucho de observación, de caminar los lotes, de volver sobre lo que pasó y preguntarse por qué.
También es un trabajo muy físico. Muchos de los ensayos se siembran a mano, se recorren parcela por parcela y se sostienen durante todo el ciclo. No es algo automático ni rápido. Requiere tiempo, constancia y presencia. Y eso es parte del proceso de investigación en territorio.
Nada de esto se hace solo. Es un trabajo en equipo, donde intervienen distintas áreas y especialidades. Cada decisión se discute y se construye con otros: fertilización, sanidad, manejo. Cada uno aporta su mirada y eso enriquece el resultado final. El ensayo termina siendo una síntesis de muchas decisiones compartidas.
Para mí, investigar en territorio también implica estar atento a lo que el sector va demandando. Muchas de las preguntas que guían estos ensayos surgen de lo que plantea el productor, de lo que pasa en las campañas y de los problemas que aparecen año tras año. Escuchar esas demandas y traducirlas en preguntas de investigación es una parte central del trabajo.
Al final, lo que buscamos es que la información que se genera sirva. Que llegue a tiempo y que pueda usarse para decidir. En un cultivo como el maíz, pilar de la sustentabilidad del sistema granario de la región, donde cada campaña es distinta y el margen es ajustado, tener elementos para interpretar lo que pasa puede marcar la diferencia.
Perfil profesional
Decidir maíz en condiciones reales
Investigar maíz implica tomar decisiones en escenarios variables. Clima, fechas de siembra, ambientes, manejo y, en los últimos años, también la presión de plagas forman parte de una misma lectura.







